La idea de Aby Warburg, más que una colección de figuras, propone un “compendio de gestos”, el pathos de estas mismas imágenes. A través de esta visibilidad, de este montaje visual, los artistas, pensadores, filósofos y estudiosos de toda y cualquier época pueden tornar visible a nosotros el Tiempo, para que así podamos montar, de acuerdo la necesidad de nuestra propia época, una arqueología, o quizás mejor, una genealogía de la historia que nos permite criticar y pensar nuestra propia condición, pero también crear modelos alternativos.
jueves, 13 de enero de 2011
El Atlas de Georges Didi-Huberman
La idea de Aby Warburg, más que una colección de figuras, propone un “compendio de gestos”, el pathos de estas mismas imágenes. A través de esta visibilidad, de este montaje visual, los artistas, pensadores, filósofos y estudiosos de toda y cualquier época pueden tornar visible a nosotros el Tiempo, para que así podamos montar, de acuerdo la necesidad de nuestra propia época, una arqueología, o quizás mejor, una genealogía de la historia que nos permite criticar y pensar nuestra propia condición, pero también crear modelos alternativos.
El mundo como almacén: una interpretación
Fritz Saxl, en La historia de la Biblioteca Warburg (1886-1944), comenta cómo la biblioteca de este historiador del arte “cambiaba con cada cambio producido en su método de investigación y en sus intereses” y cómo Aby Warburg la remodelaba con el fin de que expresara ”mejor sus ideas sobre la historia de la humanidad¹”.
De la misma manera que los libros de esta biblioteca, las imágenes seleccionadas y reagrupadas en la exposición Atlas. ¿Cómo llevar el mundo a cuestas? componen un cuerpo de pensamiento vivo. Este dinamismo implicaría una inabordable tarea de actualización de la muestra con nuevas fotografías y obras de arte, así como la reordenación de los paneles en función de los nuevos diálogos que pudieran plantearse entre las imágenes. No obstante, la exposición, una historia documental del imaginario occidental desde la Primera Guerra Mundial hasta la actualidad, obedece lógicamente a un criterio estático.
El Atlas Mnemosyne, a pesar de ser una de las piezas centrales –por el soporte teórico que encierra la obra y el despliegue de varios de sus paneles–, no agota la muestra, en la cual las imágenes se agrupan siguiendo un criterio temático: la guerra, la ciudad como almacén de los objetos más variados, la literatura o el erotismo, entre otros.
Para lo que sí puede servir el proyecto que Warburg dejó inacabado al morir es para identificar un punto de partida en una exposición que, al acaparar un cuerpo de imágenes tan heterogéneas, puede resultar caótica o que adolece de un criterio unitario. La idea de Warburg era recoger una extensa colección de imágenes que recapitularan y expusieran su visión de las fuerzas que habían determinado la evolución de la mente occidental. Y en esa evolución tiene un papel destacado la memoria, aquel lugar donde estarían almacenados los símbolos colectivos e individuales de la civilización occidental. Así, según Warburg, los recuerdos tendrían una doble función: por un lado, la de proteger, al ofrecer explicaciones mitológicas o racionales; y por otro lado, la de amenazar, al aumentar la tendencia a la energía orgiástica.
El afán enciclopédico de la muestra, en deuda con el del propio Warburg, encuentra en el siglo veinte un paralelo en escritores como Jorge Luis Borges y personajes ficticios como el Palomar de Italo Calvino. La metáfora más adecuada para aproximarse a la naturaleza de Atlas la podemos ubicar en la ciudad, el espacio heterogéneo y expansivo por excelencia; aquel que es escenario de las imágenes bélicas de Thomas Ruff (Nacht 20 1) y en el que conviven, sin orden ni jerarquía aparentes, los Botones Facockta de Moyra Davey con los Paisajes del suelo de Alan Fleischer. A propósito de este caótico almacenaje es interesante uno de los textos que apoyan gráficamente la exposición.
“El atlas no desglosa los objetos según categorías preestablecidas, definiciones rigurosas o jerarquías ideales: se conforma con recoger –o sea respetar– el gran troceamiento del mundo”.
En este atlas no sólo tienen cabida los objetos, sino también el conjunto de gestos y pasiones humanas, las fórmulas del pathos en las que, según Warburg, el tiempo se torna visible.
La sensación común en los visitantes no iniciados que se enfrenten a obras como Enseñando el alfabeto a una planta (John Baldessari) puede ser la desorientación. El vídeo parece lanzar un consejo sobre la necesidad de renovar la mirada y desautomatizar el lenguaje para adueñarse de la muestra y, en un plano más amplio, “del planeta, o por lo menos de todo lo que de un planeta puede caber en un ojo²”. Quizá de esta manera ciertos objetos y experiencias se nos iluminen fuera de las clasificaciones convencionales, accedamos a un nuevo tipo de conocimiento o podamos profundizar en ciertos aspectos sobre nuestro inconsciente individual y colectivo.
¹ GOMBRICH, E. H. (1992). Aby Warburg. Una biografía intelectual. Madrid: Alianza Editorial.
² CALVINO, I. (2001). Palomar. Madrid: Siruela.
miércoles, 12 de enero de 2011
La deconstrucción del Panta rei en el rostro del tiempo
La huella sustituye a la práctica. Manifiesta la propiedad (voraz) que tiene el sistema geográfico de poder metamorfosear la acción para hacerla legible, pero la huella hace olvidar una manera de ser en el mundo (Michel De Certeau, 1980)
Javier Ossorio Parra
Entrar en la exposición Atlas, ¿Cómo llevar un mundo a cuestas? en el Museo de Arte Contemporáneo Reina Sofía y cuestionar la palabra orden en la idea preconcebida de lo que puede llegar a ser un atlas es un acierto. Este supuesto orden de la definición del mundo como tal, queda, naturalmente, infringido por Aby Warburg que crea un nuevo orden del pensamiento histórico, deconstruyendo el significado de la intervención del hombre en el mundo de forma anacrónica. No hay una guía que seguir, ni leyes, ni por supuesto axiomas. La proposición de Warburg es tan libre como la opinión del espectador, y tan abierta como la propia definición del mundo.
El hombre se ha ido apoderando del planeta a base del concepto ‘yo tengo’. Desde la visión milimétrica del panoptismo antropológico podemos hablar de miles de cuestiones con respecto a la tierra: desterritorialización, tierras limítrofes, reterritorialización, en fin. En Atlas, ¿Cómo llevar un mundo a cuestas?, la creación del historiador de arte Aby Warburg atraviesa el siglo XX y parte del XXI con una personal e intransferible segmentación de fronteras, redistribuyendo la tierra y la metrópolis urbana, descomponiendo el mundo y la historia tal y como lo conocemos, utilizando el arte como objeto explicativo e instrumento para la final conformación de tu propio mundo. Un arte que no se centra en obras puntuales, sino que es la globalidad del arte la que forma una misma idea: la deconstrucción del mundo en cualquier punto del tiempo y del espacio.
Adentrarse lentamente en la exposición implica un ejercicio heurístico alejado del pragmatismo cultural. Aby Warburg rechaza el procedimiento del olvido; un ejercicio irreversible de mirar hacia delante sin tener en cuenta la historia reciente de la humanidad. Hay que partir de cero, ser una especie de recién nacido adulto y percibir la relación del hombre con el entorno y con el arte, el origen del mundo y el rostro del tiempo. Los desastres de la guerra, los estudios del hombre en interrelación con el mundo y con el sufrimiento, el arte como servicio de la política y la construcción del miedo como arma gubernamental de control son centros neurálgicos en la obra de Werburg. De forma subrepticia y desde puntos mediáticos y políticos, el miedo se ha instaurado en la sociedad en busca de la alienación, la no respuesta, la asunción y creer que todo lo extraño y ajeno es peligroso. Como dijo Ulrich Beck: ‘Buscamos soluciones biográficas a contradicciones sistemáticas; buscamos la salvación individual de problemas compartidos’.
Mirar el mundo de Warburg es como tumbarse en el césped y ver pasar las nubes con el mismo sentido que Stieglitz hizo con sus Equivalencias. Para ello utiliza la mitología griega, la fotografía, la escultura, el cine, las disposiciones urbanísticas……. como hilo transmisor del enfoque de su obra más ambiciosa.
‘El aquí y el ahora delimitan la instancia espacial y temporal coextensiva y contemporánea de la presente instancia del discurso que contiene el yo’ (E. Benavente, Problemas de lingüística general, París, Gallimard, t.2, 1974, pp 79-88). Por eso, asistir a la exposición del Reina Sofía es conocer un sabor ineluctable e incomprensible que entraña una búsqueda de un lugar en el mundo para el hombre. Esa búsqueda viene dada por la visión del arte, que son los nombres que articulan una frase en forma de “significado” que nuestros pies construyen sala tras sala.
En el conjunto de la obra de Warburg somos conscientes de un “progreso” en el espacio llamado mundo. Pasear por las calles de la tierra y por el inexorable tiempo, implica una asunción irreductible; la de observar como todo desaparece poco a poco, se regenera, se destruyen habitáculos y conceptos cosificados en algún momento de la historia y se (re) construyen nuevas edificaciones, movimientos y teorías, nacen nuevas formas de ser heredadas de otras nuevas formas de ser.
La otredad y la alteridad son puntos perpendiculares en la relación del hombre con el mundo, por eso Aby Warburg actúa en la memoria de la reciente historia de la humanidad, y esa memoria es su patio particular donde juega con el conocimiento social.
Con un fondo casi incognoscible y una forma colectiva crea un pensamiento individual del mundo en deconstrucción, con un conjunto de mapas en forma de obras de arte y simbología inter-disciplinarias, heterogéneas y con una funcionalidad que nada tiene que ver con la concreción y sí con la obsolescencia de valentía de análisis históricos como el que hace Aby Warbung.
Pensar en clave de fotograma
Paula Muñoz Rodríguez
El reprimir la naturaleza en un marco de pálidas imágenes es sin duda el deseo del que sueña. Hechizarlas, llamándolas de nuevo, ése es el talento del poeta (Walter Benjamin)
Desde el 26 de noviembre y hasta el próximo 28 de Marzo se celebra en el Museo de Arte Contemporáneo Reina Sofía la exposición Atlas, ¿Cómo llevar el mundo a cuestas? Una muestra comisariada por Didi-Huberman, que propone hacer visible el nuevo marco de pensamiento introducido por Aby Warburg en el conocimiento histórico y de las imágenes, a través de la interpretación del Atlas Mnemosyne.
Decía Walter Benjamin que ‘los contenidos no son sino esas capas que tan solo tras una investigación cuidadosa entregan todo aquello por lo que nos vale la pena excavar: Imágenes que, separadas de su contexto, son joyas en los sobrios aposentos del conocimiento posterior’ (Imágenes que piensan Obras, IV, I, p. 377.) Aby Warburg tomó esta idea al pie de la letra y se aproximó de manera premonitoria al estado de construcción de nuestra memoria actual: un compendio de fotogramas que pasan por la pantalla de nuestra mirada constantemente. Trató de dotar esas imágenes de significado empapándolas de la esencia que adquirían como parte de un todo. Un todo que se presenta en este proyecto como una caja de bombones: la definición del sabor de cada uno de los chocolates, dependerá del que te hayas comido antes y sobre todo del que pruebes después. Así, Warburg propone conocer la esencia del arte desde las relaciones entre las diferentes etapas y despegándose de cualquier prejuicio tradicionalista.
A la vista queda, por tanto, que Warburg no solamente se adelantó a la forma actual de conocimiento (el de los links, los hipervínculos y Google), sino que además rompió con los rígidos paradigmas historicistas y estético formales para proponer un nuevo concepto: la aproximación a la Historia del Arte basada en las relaciones entre sus componentes. No se trata de coger los fenómenos de manera aislada unos de otros, sino de hacerlos hablar, dialogar. Ponerlos unos frente a los otros y observar la música que suena al poner una al lado de la otra las diferentes notas que reflejan las obras y sus procesos de creación.
Atlas se presenta ante nuestra mirada como un esqueleto o –si seguimos la metáfora- un pentagrama. Es lo que subyace en el imaginario artístico de nuestro tiempo. Las obras que aparecen en el recorrido de la memoria que Warburg construyó no son sino testimonios de un proceso de creación que nos permiten entender de una manera totalmente revolucionaria el panorama del arte actual. Desvelan el entramado del entendimiento en sí de la obra, acercándonos a los artistas y a su modo de relacionarse con su entorno: algo fundamental si queremos aproximarnos de una forma objetiva al arte contemporáneo de nuestro siglo. Tal y como señaló Huberman esta exposición ‘no ha sido concebida para reunir maravillosas pinturas, sino para ayudar a comprender cómo trabajan algunos artistas, de manera que no se ven las bellas acuarelas de Paul Klee, sino su herbario y las ideas gráficas o teóricas que brotaron de él(…); ni los cubos minimalistas de Sol LeWitt, sino sus montajes fotográficos en las paredes de Nueva York’.
Atlas, ¿Cómo llevar el mundo a cuestas? es ‘una historia de fantasmas para adultos’ que quiere recoger las piezas dispersas que componen el puzle del mundo de manera que al completarlo, salgan a la luz aspectos que pasaron desapercibidos sobre el inconsciente de nuestra visión.
El carácter inacabado del proyecto unido a lo fragmentario de la obra de Warburg ha hecho que la aproximación a sus teorías haya sido complicada. Por ello la exposición, junto con la publicación del Atlas Mnemosyne en Castellano (Editorial Akal) resulta una perfecta excusa para recuperar a este ‘famoso desconocido’ y sumergirse en una perspectiva de la Historia del Arte que no puede estar más vigente.
Un mundo boca abajo, pero catalogado
En un mundo abarrotado de información la propuesta de la exposición actual del Museo Reina Sofia es una invitación a un nuevo orden. Una reforma del pensamiento clásico de orden alfabético, dimensional, cronológico u originario. Una catalogación del lo visual en un mundo postmoderno.
Aby Warburg, buscaba en la cultura popular, en la ciencia, en la magia y en la religión sentidos equivalentes y fue con la construcción de su Atlas “Mnemosyne” donde se cuestionó la manera de cargar con el mundo a cuestas, en analogía al dios Atlas. Estudiar el pensamiento de Warburg es cimentar las esperanzas de un mundo reorganizado con puntos de vistas heterogéneos alternativos.
En su entorno de guerra y locura, Warburg nos propone el conocimiento mediante las imágenes, la forma en que conocemos el Atlas, una colección de cosas singulares que albergan un saber infinito y abierto. Pero ¿por qué no volver a partir del cero, reordenar las cosas de la A a la Z y deshacerse de lo que no es fecundo? Y es de ahí de donde surgen otros tres replanteamientos, raíces del pensamiento warburgiano: la propuesta de rehacer el orden de los tiempos, el lugar común y el orden de las cosas.
Todos estos replanteamientos son una manera de analizar la creación artística. Será por esto que a veces el boceto se hace más intenso que la propia obra finalizada.
En este pequeño ejemplo llamado “Atlas ¿Cómo llevar el mundo a cuestas?”, nos topamos sorprendentemente con esta prueba, justificada por Bloosfeldt y su belleza botánica, Tapies y sus códigos secretos, la veracidad del soporte en las fotos de Moyra Davey y las formas y sus variaciones en la obra de Charles Ross. También están el álbum de fotos de las Autobiografías Reordenadas de Valcárcel Medina, la relectura de Nabokov hecha por Barbara Bloom en Cajas de Mariposas de Nabokov y Sol LeWitt y sus estudios de la tipografía callejera. Todo esto de lado a lado, compartiendo un mismo pasillo y evidenciando el eslabón de la “Historia Natural Infinita” según apuesta el comisario de la exposición, Georges Didi-Huberman, citando Paul Klee.
Al igual que los lugares, las temporalidades coexisten en estos objetos. El punto desde donde alzas la mirada también es nuevo. Allí están las esculturas de Giacometti, pero en forma de maquetas o fotografías. Es el efecto experimental propuesto de “la lámina-tablero” o “el cuadro-mesa”
Y en un análisis menos formalista y más profundo, es verdad que todo Atlas oculta algo de imparcialidad o una vocación crítica. Al final es una colección ordenada a partir de un concepto particular, lo que también se ve en la obra de Warburg. En Mnemosyne su intención implícita es desvelar los monstruos de la razón de su época.
La exposición termina evidenciando lo que apenas estaba en el subconsciente. La importancia de Warburg para la Historia del Arte es comparable a la importancia de Freud, su contemporáneo, para la psicología. Incorporar la memoria inconsciente en la catalogación es una manera de traer a la superficie lo reprimido, haciendo con que el acto de archivar y desarchivar pueda reflejar fantasmas de la mente. Como él mismo afirmaba: “en fórmulas de pathos, el tiempo se torna visible”. Lo coleccionable son los miedos que cada uno lleva dentro, en formato de un pasado jamás olvidado y transformado en huellas del presente, fugaces y superficiales.
Es todo un juego simple, surgido a partir de la idea de desglosar los objetos según categorías preestablecidas, definiciones rigurosas o jerarquías ideales, aceptando el privilegio de recoger la gran fragmentación del mundo, sin despreciar su caos original.
Atlas o la necesidad de clasificar el mundo
Por: Juliana Correa H.
La obsesión por documentarlo todo, por clasificarlo todo, por inventariar todo lo existente es una característica propia de los seres humanos. Nos pasamos buena parte de nuestra vida organizando, clasificando, archivando.
Cuenta la mitología que Atlas desafió a los dioses y fue castigado teniendo que llevar la bóveda celeste sobre sus hombros. Dicen algunas versiones de esta leyenda, que al tener que llevar el peso del mundo a cuestas, se convirtió en un gran erudito, era el peso del conocimiento total lo que agobiaba al titán.
El Atlas Mnemosyne de Aby Warburg es el punto de partida para esta exposición en el museo Reina Sofía comisariada por Georges Didi-Huberman , conocedor en profundidad de la vida y obra de Warburg, quien renovó no solo el estudio de la historia del arte sino de la imagen.
Estudios, postales, cuadernos de viaje, notas, tablas, esquemas, recortes de prensa, diagramas, nos permiten acercarnos al proceso de creación de un artista. Vemos cómo el impulso creativo necesita decantarse y se traduce en claves que en ocasiones pueden ser incomprensibles para un espectador, pero que tienen sentido total para un artista.
Ese es precisamente uno de los grandes méritos de esta exposición, que nos permite adentrarnos en los fragmentos de realidad que terminan por generar una obra de arte. Aquí tenemos la oportunidad de observar partituras de Schubert, los esquemas preparatorios de algunas conferencias del propio Warburg, fotografías o bocetos que pueden darnos una idea de cómo el artista ha decidido clasificar y recomponer su mundo. Hay, indefectiblemente una selección de aspectos por algún mecanismo quizás inexplicable, un ejercicio puramente subjetivo. Subraya la muestra como el artista se fija en aquello que muchas veces desechamos, objetos que pasamos por alto y que se vuelven motivo de interés para un creador.
¿Cómo relacionamos unas cosas con otras, cómo asociamos dos o varios elementos? Atlas nos invita a reflexionar un poco sobre estos asuntos. Las clasificaciones no dejan de ser arbitrarias, pero están allí para facilitarnos la comprensión del entorno. Para los artistas, en ocasiones la forma de organizar su mundo tiene que ver más con las percepciones y las emociones que con órdenes y clasificaciones predeterminados.
Jorge Luis Borges, en su Idioma analítico de John Wilkins habla de una enciclopedia china que clasifica a los animales en pertenecientes al emperador, embalsamados, amaestrados, lechones, sirenas… se nos plantean entonces infinitas posibilidades y combinaciones que incluso se asoman al terreno poético. Tratamos de establecer clasificaciones racionales y lógicas, pero si algo deja en evidencia esta muestra, es que es posible inventar nuevos estándares. Muchos artistas, durante el siglo XX y lo que va del XXI se han atrevido a hacerlo.
¿Cuántas variaciones puede tener una quemadura del sol? es lo que registra Charles Ross en su obra Solar Burn, ¿De qué maneras puede agitarse el mar en las costas? Esto lo documenta la británica Susan Hiller en su serie de fotografías Rough Sea, las cuales son descritas con precisión gracias a tablas en las que se especifican las características de cada imagen.
Warburg en su ambicioso intento de explicar la historia del arte logró conectar civilizaciones distantes, crear nuevos puntos de referencia, jugó con el tiempo, creó “links” insospechados. Tuvo que pagar un alto precio por su Atlas Mnemosyne: la locura. Años después, llega a comprenderse la trascendencia de su obra, que hoy es tenida como referente en el estudio de la Historia del Arte. Warburg trabajo cinco años en esta idea, entre 1924 y 1929. Su ambicioso proyecto quedó inacabado. Pero todo Atlas es en sí, un proyecto inconcluso e inagotable porque sus posibilidades son infinitas, lo cual se hace manifiesto en esta exposición.
Atlas ¿Cómo llevar el mundo a cuestas? es también una invitación a mirar a los artistas no desde sus grandes obras, sino desde trabajos preparatorios o incluso obsesiones particulares que nos revelan nuevas facetas de los creadores.
ATLAS: El sueño de comprender el mundo
Olaya Vide Pérez
En aquellos paneles –negros, móviles, dinámicos– convivían imágenes de esculturas clásicas, recortes de prensa, cuadros de Botticelli, bestiarios, dibujos metafísicos, panfletos, sellos... Suponían la confirmación del método warburg, del valor de las imágenes en cuanto manifestaciones simbólico-culturales. El Atlas Mnemosyne, como el mismo Aby Warburg lo denominaría, quedó inconcluso a su muerte, pero fue suficiente para legarnos una forma de memoria de la civilización europea, un nuevo código de lectura del documento visual, una magdalena inconsciente, una búsqueda del tiempo, perdido, pasado, presente, futuro.
La exposición ATLAS. ¿Cómo llevar el mundo a cuestas?, partiendo de la obra de Warburg, propone un punto de encuentro, una especie de itinerario transversal, de la heurística del artista de los siglos XX y XXI, que se presenta equivalente al propio método de aquel historiador. Se trata, pues, de la otra cara de la creación artística: la recopilación de extractos de mundo/mundos –bajo la ambición de descubrir uno verdadero– se formula mediante la plasmación heterogénea de la realidad física, la reunión de objetos o manifestaciones peculiares, la exploración del gesto, la inscripción de la metamorfosis continua de la realidad circundante, la obsesión por lo que ya no miramos o nunca hemos mirado, la fragmentación del tiempo histórico como reflexión y liberación de lo atroz –ese espectáculo goyesco que nos rodea–, la coexistencia de varios tiempos y espacios en un mismo objeto... Y así, inmersos en la onírica relación con nuestro entorno, en una persistente relatividad en la que la información lingüística se desplaza constantemente hacia la información visual en nuestro conocimiento científico del mundo, comienza la revalorización del atlas de imágenes como moldeador polisémico de memorias y realidades. El artista como arqueólogo y geneálogo. La interpretación de lo exterior a modo de antología del fragmento, desde un ángulo que configura un nuevo viejo espacio artístico y que subyace tras las grandes obras de los artistas presentados. Así, conseguimos al fin digerir cómo un pintor puede ser a la vez un fotógrafo, un biólogo o un escultor; un fotógrafo será un cineasta, un escultor o un psicoanalista; un cineasta es un poeta. Extraer la esencia de lo vivido engloba gran cantidad de manifestaciones, nadie conoce el mundo desde la visión única de una sola experiencia. Los desenfocados Baader-Meinhof de Richter, las flores secas de Paul Klee, las sevilletas dobladas de Tapiès, el puerto de Marsella de Moholy-Nagy, las esculturas involuntarias de Brassaï, la Gradiva de Victor Burgin. “Une catastrophe/C'est la première/Strophe d'un poème/D'amour”, dice Godard, mediante gesto, violencia y verso fraccionados.
El amplio recorrido de imágenes que ofrece la exposición, al igual que la que ofrecen los paneles de Warburg, nos sitúa ante una especie de collage/décollage casi buñuelesco. La propia unión de fragmentos que pretenden cohesión nos dan idea de la real luxación de nuestra percepción, que será al fin lo que más se ajuste a una verdad “absoluta”. El todo está fragmentado, y viceversa (¿qué vino antes, el todo o el fragmento?). El valor de estructura no-fija de aquellos paneles se simboliza en el museo mediante el elemento mesa, superficie de reordenación, lugar de trabajo. Con cada nueva composición el mensaje se transforma. El mismo valor toma entonces el añadir una imagen que el arrancarla. En consecuencia, el contexto se convierte en la obra misma, un contexto cultural ilimitado, no jerarquizado, pero siempre en crisis, una continua dialéctica entre lo apolíneo y lo dionisíaco, entre el sueño y la embriaguez. Lo que al fin y al cabo se manifiesta y a la vez se oculta bajo imágenes y sus asociaciones, bajo constelaciones, estrellas que ya estaban ahí y que decidimos un día unir, como sueños hechos fotogramas que nunca pretendieron proponer una lógica narrativa. A pesar de todo, las llamamos Andrómeda o Casiopea, los atamos con la correa de un fiel perro andaluz, siempre en busca de la historia que una esas escenas y que finalmente nos haga comprender.