miércoles, 15 de diciembre de 2010

La mirada inquieta

En “The Sound of Silence” Alfredo Jaar toma la guerra de Sudán como punto de partida para reflexionar sobre el poder de la representación y conmoción de la imagen. El conflicto es referido a través de la historia personal de Kevin Carter, el fotoperiodista que ganó el premio Pulitzer por la fotografía en que retrató a una niña famélica intentando desplazarse ante el acecho de un buitre.

Si uno se pregunta por qué el sonido del silencio, puede recordar un artículo que Amnistía Internacional publicó con motivo de la guerra en Ruanda: Listen. Can you hear the silence? El silencio era aquel que se escuchaba entre el zumbido de las moscas, el de la muerte, de la ONU, el silencio del olvido.

Jaar explota precisamente el silencio como recurso en su instalación, que consiste en una proyección narrativa y muda sobre la vida de Carter y sobre la historia de la imagen por la que fue galardonado. El relato es el guión para insertar y magnificar la imagen en cuestión, precedida por un flash que busca sobresaltar y conmover al espectador ante la amenaza desplegada en la pantalla. Probablemente, el poder de sugerencia de la imagen habría bastado por sí solo, sin necesidad de encauzar tanto el relato para conseguir los efectos mencionados.

También la figura de Carter aparece magnificada. La selección cuidada de sus acciones más heroicas y patéticas (habló con Dios y lloró), el recurso a la repetición de su nombre en tono de elegía y la narración de su suicidio como broche a su integrad, contribuyen a generar la empatía hacia su persona. La estrategia de Jaar consiste en la seducción formal: Si lo presentara de una forma menos seductora, mucha gente ni siquiera se acercaría. Este es el motivo por el cual invento estrategias para seducirte primero de forma que pueda comunicarme contigo.

Al analizar este tipo de obras, surge la cuestión de cuál es el grado de eficacia contra el olvido de una obra artística contemporánea. Los retratos de dolor y miseria, al competir en las pantallas con la producción vertiginosa de imágenes publicitarias y frívolas, pierden su capacidad de conmoción. Su condición de imágenes en diferido –y la posibilidad de obviarlas mediante el zapping o un click– las condena a la invisibilidad y sólo puede suscitar un compromiso efímero. En su ensayo Shock-Photos, Roland Barthes analizó esta falta de efecto: No basta con que el fotógrafo simbolice lo horrible para que nosotros lo experimentemos. El cineasta Wim Wenders relacionó, por su parte, el acto de ver con sumergirse en el mundo, con estar.

¿Necesitamos ir a Sudán y oler los cadáveres para interiorizar la locura de nuestro tiempo? El cuerpo a cuerpo con lo real podría ser la condición de una mirada más comprometida. Tal y como explica George Didi-Huberman, una mirada supone la implicación, el ser-afectado que se reconoce, en esa misma implicación. La fotografía se caracteriza, no obstante, por ofrecer la posibilidad de mirar fuera de tiempo y fuera de lugar. De ahí que sea complicado que el espectador se convierta en sujeto de conocimiento y establezca una relación ética con el objeto observado.

En El ojo estético, Jaques Rancière distingue entre la imagen testimonio –preocupada de dar cuenta de una situación que exige una respuesta– y la imagen voyeurista –donde prima el gusto de la imagen captada por sí misma, sea aquella del sufrimiento exhibido o de la intimidad sorprendida. Pese a la explotación del sufrimiento que hay en “The Sound of Silence”, la obra encajaría mejor en la primera categoría, más aún, si tenemos en consideración la trayectoria artística de Alfredo Jaar. No obstante, es en el segundo paso –el que reclama la acción– donde se produce la quiebra. Tras una conmoción momentánea, el espectador abandona la galería con la mirada inquieta para perderse en un flujo de impactos visuales que empezarán a anestesiarle inconscientemente.

Sara Díez Ortiz de Uriarte.




UN CUBO NEGRO DENTRO DE UN CUBO BLANCO

Localicé la Galería con la misma distancia que necesité tomar para encontrarla, situándome en la acera de en frente. Tres veces pasé por delante sin verla. Curiosa coincidencia. Al salir de la exposición relacioné este hecho con lo que cotidianamente experimentamos respecto a imágenes, estímulos y contenidos utilizados por los medios, que con la intención de penetrar y dirigir nuestra psique, anestesian nuestra capacidad de ver e integrar lo esencial de cada mensaje.

Al entrar, el visitante es inmediatamente condicionado: cómo abordar la exposición, qué debe hacer, qué debe leer... se le adjudica un papel en este escenario cúbico. La sala blanca, los focos, los personajes, los roles, todo el reparto bien estructurado para que la experiencia sea completa y exactamente como Jaar lo planeó. Todo un artificio a nuestra disposición que dispara alarmas de desconfianza.

Dentro, la mirada se desvía hacia los focos sembrados como un campo de girasoles negros que sobreexponen a la luz unos minúsculos rostros femeninos. Sus historias, ciertamente relevantes, nada desdeñable el conocerlas, corren parejas a la incapacidad de recordar ninguno de sus nombres a la salida. Demasiados focos impiden aproximarse siquiera a los rostros de estas mujeres Paradójicamente, la iluminación que realza aquí, como en los medios de comunicación, acaba disolviendo las imágenes en un mar indistinto de informaciones.

En el cubo blanco de la galería se nos ofrece un cubo negro. ¿Será este el presente del gran artista? ¿Una justificación de la pertinencia de su existencia en el panorama del arte-político?¿Debo agradecer que se haya creado un monumento a aquello que puedo hacer cada vez que no enciendo la tele?
El sonido del silencio musitaba : “¡Lo hemos matado nosotros!”, corolario que Dustin Hoffman grita al final de Mad City, la película de Costa Gavras. ¿Lo han matado mis ojos? ¿ Las palabras de aquel crítico? ¿Las insoportables realidades sobre las que se sustenta nuestra manera de vivir y de establecer el poder y el orden?

La exposición presenta una suerte de elementos y cualidades retóricas que ponen de relieve la importancia de los procesos de construcción de opinión pública, por oposición a la opinión individual que emerge en la oscuridad de un cubo negro. El discurso (Logos) que gira en torno a las vidas de las “tres mujeres” y sobre la pantalla de proyección, hace que el Pathos eleve el vuelo dentro de la sala y revolotee nuestra experiencia sobre la obra, para, finalmente, hacer revivir el Ethos, una vez nos distanciamos de la exposición y se hace patente el residuo escéptico incontornable de una aproximación crítica.

El fin más noble que podría atribuirle es su intento por restituir su importancia a cada personaje de este teatro de la opinión pública o quizás la experiencia estetico-crítica que procurará a cada espectador. Me pregunto, no obstante, si la carrera de Alfredo Jaar hubiera sido tal sin la existencia de estas injusticias, de estos hitos teñidos de vileza humana o hubiera tenido la misma relevancia.

Admiro su constancia, su coherencia, y sobre todo, sus intervenciones públicas (Cuestions). Ahí es donde aprecio la obra... y no dentro de un cubo blanco, aséptico y susceptible de convertirse en lo que cada artista (o medio de comunicación) con sus manipulaciones desee. Su obra cobraría mayor sentido en la calle. Sin manual de instrucciones. Dejando que el impacto de la obra emerja inevitablemente del contraste entre ese cubo que contiene silencio, el ruido de la calle y el mundo del que disfrutamos y sus altos costes. Quizás, ubicarlo en un espacio público y no controlado, habría propiciadoue el artista percibiera que ese espacio de reflexión tiene otras funciones posibles (urinario, dormitorio, lugar de reunión, etc.), produciendo retroalimentación, imprescindible para cualquier creativo que aspire a no parecer recurrente u obvio en sus discursos.

Alba Benítez

martes, 14 de diciembre de 2010

Tres mujeres, una niña y un buitre

The Sound of Silence - Alfredo Jaar

Arturo Melero Pérez


La Galería Oliva Arauna celebra los 20 años de colaboración con el artista Alfredo Jaar mediante una exposición compuesta por dos obras que reflexionan en torno al Tercer Mundo.


La instalación Three women se compone de tres pequeños retratos fotográficos que, sin buscar la belleza, nos intentan provocar. El artista chileno concede a las caras de las Tres señoras la misma importancia que Marcus Harvey le dio a la de la asesina en serie Myra Hindley. Sin necesidad de sobredimensionar nada, pero con la ayuda de varios focos, Aung San Suu Kyi, Graça Machel y Ela Bhatt aparecen llenas de luz y reconocimiento.

Pero el diminuto tamaño y la intencionada distancia a la que los trípodes de los focos nos obligan a situarnos, hacen que pronto busquemos la pieza central de la exposición: The Sound of Silence.


Al cambiar de sala, un muro de tubos fluorescentes intentan cegarnos. Pero es demasiado tarde, Bernardí Roig ya nos había reventado las pupilas sin compasión hacia el 2005 con el mismo escenario en Light Exercises Series. Jaar ha reutilizado parte del atrezzo de la instalación de Roig. Seguimos hacia delante, con la mirada, eso sí, erosionada por la luz, y nos adentramos en la oscuridad de la sala de video-proyección para producirnos una nueva ceguera (double blind) que todavía perdurará durante unos minutos. El cambio ha sido duro, hemos pasado de los fluorescentes del minimalismo formalista a la más pura oscuridad barroca.


El completo silencio en el canal de audio del video se comporta como una extraña forma de iluminación. Vemos porque no vemos. Sobre el fondo negro de la pantalla, un texto aparece como escrito a máquina y nos cuenta la conocida historia del fotoperiodista sudafricano Kevin Carter, famoso por su dura y famosa imagen de la niña moribunda y el buitre que ganó numerosos premios entre los que se encuentra un prestigioso Pulitzer en el 94. Con una narración muy espectacular y perversa, nos vemos obligados a «comprender» al fotógrafo como una trágica víctima de las duras condiciones sociales y políticas que vive1 (hambruna de Sudán de 1993). Todo esto unido a la post-producción típicamente posmoderna de la que ya teorizó Buorriaud, esta configurando lentamente un ambiente dentro de la sala en el que el espectador, aún discapacitado por los efectos de la luz, esta cada vez más, en manos de Alfredo Jaar. Continúan apareciendo frases en la pantalla a modo de Power-Point. Cuando el relato esta llegando a su clímax, un fuerte fogonazo o flash blanco a modo de eyaculación convierte al visitante de mero observador a partícipe de la brutal escena.


El video sigue, no ha acabado. Es el momento de aprovechar el shock conseguido para citar a Kafka y hablar del sujeto como monstruo, de criticar el capitalismo, ponerse duro con Bill Gates, etc.

El artista chileno continúa con The Sound of the Silence su habitual línea de trabajo como artista comprometido con mirada vibrante y acusadora que le han hecho un habitual de los circuitos internacionales del arte desde los años 80. Defiende el concepto de arte como arma para la lucha contra el imperio2 desde un punto de vista radical y posmoderno que enfatiza trabajando con imágenes de otros y revisando obras pasadas atravesando las fronteras estéticas para plantear espacios de recogimiento y reflexión.

  1. Slavoj Zizek

  2. Toni Negri

LO OCULTO EN LO AUSENTE

The Sound of Silence

Alfredo Jaar


Olaya Vide Pérez

Caminamos inseguros, como desenfocados, hacia la luz verde que nos permite pasar. Nos enfrentamos así sin quererlo a una dialéctica continua: la dialéctica de la luz y la sombra, del interior y el exterior, del rojo y el verde, de la figuración y el signo, de la imagen y la realidad, de lo justo y lo injusto, de la vida y la muerte... Del sonido y el silencio.

Palabras blancas sobre fondo negro que aparecen y se funden a un ritmo determinado y controlado, no constante, fragmentando el tiempo y el espacio de nuestra percepción. Palabras que de tal forma toman cuerpo, como si fueran objetos tridimensionales, y activan otros estímulos, como si fueran música, como si fueran una canción, o un cuento, o un poema... que puedes oír a través de su propio silencio, sumiéndonos otra vez en la situación paradójica. El discurso se articula mediante frases simples, concretas, palabras aisladas que se vuelven poderosas, eficaces; un sujeto desligado de su predicado, a modo de estribillo, a modo de prosopopeya; inexistencia de puntos y mayúsculas que ofrece mayor autonomía a los términos, despojándolos de ciertos matices lingüísticos al despojarlos de ciertas normas; epítetos, quiasmos, polisíndetos, redundancias... retórica oculta en la aparente espontaneidad –y de nuevo la paradoja.

Pero las palabras que vemos no son sólo eso, son en realidad vida –de una fotografía concreta– y muerte –del marco contextual de la imagen. Vida de una imagen en la muerte de una realidad, revalorizándose la primera y desfigurándose la segunda. Palabras que no son más que convenciones intangibles, artificiales, y que sin embargo se hacen necesarias para explicar la distancia entre los términos dialécticos que se plantean. La desplatonización del mundo que proclamaba Susan Sontag a través del poder del objeto fotográfico y su estatus de realidad material, es precisamente la tesis que intenta rebatir Alfredo Jaar con esta obra. Hoy más que nunca somos prisioneros en una caverna. Hoy más que nunca vemos las sombras proyectadas, plenamente convencidos de lo contrario y sumergidos en una continua simulación de transparencia informativa, reconducidos en lo que creemos supone una lectura fiel del mundo, sólo real en su verosimilitud. Los límites entre realidad, imagen, ficción, manipulación, neutralidad... son demasiado difusos en un sistema de lectura que se nos impone desde el exterior. Al contrario de lo que defendía Lewis Hine a principios del siglo XX (“si pudiera contarlo con palabras, no me sería necesario cargar con una cámara”), el fotógrafo de hoy no puede elegir, lo que fotografíe será siempre contado y evaluado mediante pies de foto, notas de prensa, premios, críticas... mediante las palabras de otros, que acaban por anular su propia voz.

La cuenta atrás y los ocho minutos que uno sabe de antemano que dura la exposición, el factor tiempo, apoyan a su vez la incorporeidad de nuestra situación paradójica. Mientras tanto, una batería de hechos y fechas nos limitan en una línea cronológica que nuestra experiencia ya ha concretizado. Por otro lado, y siguiendo a Baudry, el límite espacial en el que nos encontramos, la sala oscura, nos proporciona la extrema concentración visual y la pantalla funciona como espejo, donde nos reconocemos en uno-distinto-a-nosotros, creando un sujeto trascendental. Pero no sólo eso: pasados unos minutos, alguien enfoca y dispara, el espectador se convierte entonces en sujeto fotográfico, ya enfocado, ya protagonista de la reflexión, ya como el buitre, pues todos los que pertenecemos al Primer Mundo somos conscientes de la existencia del Tercero; más que nunca como kevin, pues sólo observamos, y rezamos, quizás lloramos, y esperamos a que pase algo –que el buitre abra sus alas. Si no pasa seguimos adelante, como algo que nosotros no podemos dominar, como una mirada de compasión de aquel que se cree con el poder de cuantificar los Mundos porque el suyo es el primero. Un etnocentrismo tal que nos hace confundir una cámara con un fusil.

"The sound of silence" ante la ceguera ilusoria contemporánea.

La Galería Oliva Arauna nos presenta la obra The sound of silence de Alfred Jaar, una videoinstalación que se complementa con la pieza three women. El artista nos envuelve en un juego con el concepto relativo de los medios audiovisuales en cuanto a la realidad de la pobreza en el contexto de la actualidad. En la consolidada carrera artística de Alfred Jaar siempre se ha dirigido hacia un concepto presente y confuso que no sólo implica la ignorancia generalizada hacia el mundo tercermundista, si no cómo los medios de comunicación influyen en nuestras perspectivas y miradas.


The sound of silence se compone de dos piezas, ambas situadas en una cámara o cuarto oscuro: La primera es una pantalla cegadora colocada en el exterior de ésta, impactando al espectador con la intensa luz blanca, ¿podemos percibir aún este trastorno en la vista o ya estamos lo suficiente cegados con la sobreinformación cotidiana? La segunda parte invita al espectador al paso dentro de la cámara en el momento adecuado, siendo un paso a la concentración, un film mudo, una reflexión a través de las palabras que entran por nuestros ojos del modo que han dejado de entrar las imágenes: la historia polémica de Kevin Carter y la fotografía que obtuvo el premio Pulitzer en 1994. En esta obra de 8 minutos, el artista sólo irrumpe una vez al texto, proyectando un flash sobre el espectador justo antes de la proyección de la fotografía de Carter, de nuevo reincide la luz cegadora como metáfora del filtro que ha construido el hombre contemporáneo ante la imagen, una ceguera ilusoria. A través de la figura de Kevin Carter contemplamos la figura de un hombre incitado al suicidio bajo el peso de la culpa de la humanidad, esa culpabilidad del primer mundo que nunca enfoca su mirada hacia este mundo tercermundista (sea cual sea la verdadera historia del fotógrafo).


Three women es una instalación en la cual tres mujeres, como su nombre lo indican, cobran el protagonismo. A través de los diminutos retratos de las pioneras y valientes Aung San Suu Kyi, Graca Machel y Ela Bhatt, mujeres luchadoras en su propio contexto ante la injusticia social. El artista ha construido pedestales contemporáneos con los propios artefactos de nuestra cultura, nimiedades iluminadas dando la importancia del modo en el que la televisión y los medios se la dan a sus objetivos. Los focos como iluminadores, alumbrando esta existencia que pasa desapercibida en esta sociedad de realidad relativizada.


Surgen varias cuestiones con la construcción de Jaar: ¿Es Kevin Carter una víctima social? ¿Son estas tres mujeres casos únicos a los que hemos ignorado? Pues son en sí claros ejemplos que abarcan una realidad obvia y dada permanentemente a la que el hombre se abstiene a opinar, a la vez que a veces surge y explota por su propio peso (El caso de Carter). Después el silencio, la nada, un tema que queda descontextualizado y aislado, es omnipresente y a la vez suprimido. Una fotografía estremecedora que ahora es propiedad de uno de los hombres con más dinero del mundo, Bill Gates. La luz cegadora nos inyecta el opio, pues el hombre ha conquistado el mundo sin medir sus consecuencias, y si no las ha medido antes, ¿por qué lo va a hacer ahora? El escenario creado para la estética, con Alfredo Jaar da el paso hacia la ética, mediante esta metáfora audiovisual, el drama cobra presencia. Por tanto, ¿en qué medida el artista distorsiona nuestra visión? Una clara denuncia a la actualidad en la que transcurrimos, utiliza el ocultamiento audiovisual para destacar a estas figuras que fueron a su vez distorsionadas de otra forma en nuestros medios. El mundo globalizado nos dirige hacia sus objetivos económicos, parece como si Alfred Jaar gritara: ¡Ya está bien!, y en medio de todo nuestro silencioso ruido hubiese cambiado los focos de lugar. Un guiño al mundo para encontrar sentidos que perdemos entre los papeles de nuestra mente.


Clara López Cantos

El Silencio de la Imagen

Irene Galicia del Olmo


Las imágenes no tienen sonido.

Por eso los ocho minutos de la video instalación de Alfredo Jaar nos relatan mediante palabras, y en silencio, los episodios de la vida del foto-periodista Kevin Carter, cronista gráfico del apartheid sudafricano, hasta llegar al mas relevante: La fotografía de una niña famélica acechada por un buitre que supuestamente lo llevó, tras ser portada del New York Times y recibir el premio Pulitzer, al suicidio.

La polémica imagen suscitó un sinfín de interrogantes: ¿Ayudó Carter a la niña?, ¿está tan cerca el buitre como parece?, ¿por qué se suicidó?, ¿se sentía culpable? ¿Quién es el verdadero buitre: el ave carroñera o el que capta la imagen?

Claro está que es reprochable que alguien anteponga su profesión, la necesidad de captar un instante, a la ayuda a un ser humano. Pero lo cierto es que la clave no está en la respuesta a esas preguntas, sino en el modo en que esta imagen ha llegado hasta el espectador, hasta nosotros.

Jaar nos intenta situar en un lugar que está fuera de esas cuestiones, lejos del sensacionalismo, ajeno a la especulación con la imagen y el morbo. En un lugar desde el que poder vislumbrar el abismo existente entre realidad y espectador.

La instantánea de Carter se convierte pues, en un icono al que se ha desprovisto de significado, y como tal, es manejable, moldeable, susceptible de ser pervertido y sometido a un juicio que no es real.

Como viene a decir Joan Fontcuberta en “El beso de Judas. Fotografía y verdad”, la fotografía se traiciona a sí misma. En un momento dado, la fotografía que debería representar la mirada del que dispara, se convierte en la mirada de quien la polemiza, de quien se la apropia como suya.

Afirma el propio Jaar que su proyecto “muestra qué ciega está la sociedad que no quiere ver la verdad y tampoco reacciona cuando tiene la oportunidad de conocerla”.

No es en sí misma una propuesta novedosa. Jaar simplemente quiere que nos sentemos a observar esta realidad :La vida se nos presenta a través de imágenes y palabras, y la imagen de Carter por sí misma da lugar a una dexcontextualización que la iconiza.

En su diálogo con el espectador Jaar también pone las cartas sobre la mesa sobre la cuestión del interés económico que gira en torno a la fotografía de Carter, propiedad de su hija, pero cuyos derechos actualmente pertenecen a Corbis, agencia de la que Bill Gates es propietario. (Se nos plantea otra vez la pregunta: ¿quién es el verdadero buitre?)

No es casualidad que en la exposición de Alfredo Jaar, su instalación “The Sound of Silence”, y su serie “Three Women” vayan cogidas de la mano. Ambos proyectos son las dos caras de un mismo planteamiento. Mientras que la instalación propone una reflexión sobre el poder de la imagen y su efecto en la sociedad, tres mujeres necesitan ser iluminadas, destacadas, recuperadas y por fin salvadas de su metafórica condición de pequeñez, de insignificancia frente al mundo.

Estas mujeres, iluminadas por múltiples focos que recuerdan a una avalancha de flashes fotográficos, no deberían necesitar presentación: Aung San Suu Kyi -Premio Nobel de la Paz en 1991 y actualmente en arresto domiciliario en Birmania-, Graça Machel -activista por los derechos infantiles, ex ministra de Educación y Cultura de Mozambique y actual esposa de Nelson Mandela- y Ela Bhatt -presidenta del Banco Mundial de la Mujer en la India-. Y sin embargo por la escasa repercusión y reconocimiento de su trabajo, la precisan.

Ambas obras quieren llamar la atención sobre el mutismo, la sordera y la ceguera de la sociedad del bienestar: una sociedad laxa y conformista. Y lo consiguen. Si bien Jaar no propone nada nuevo y se limita a contarnos los hechos, es innegable que nos los cuenta bien.

POESÍA DEL VÍNCULO


Y en mi cabeza se repite: kevin, kevin carter. El artista chileno Alfredo Jaar nos introduce al mundo de "The Sound of Silence" desde la luz blanca "del dios neón" que nos "apuñala" los ojos. Nos deslumbra antes de entrar a una arquitectura que nos separa, nos aísla durante 8 minutos para reflexionar. Entramos en una cueva protegida por varios focos que nos miran amenazante, y un silencio apenas interrumpido por el sonido del proyector. Así comienza la historia de kevin, por medio de una melodía que solo suena con nuestra lectura interna y que se ve marcada por el ritmo que Jaar nos va induciendo a medida que avanza el video. Relata la vida de un hombre en contacto con la violencia en África, hambrunas, asesinatos en masa, suicidio, abandonos y que se dedicó a fotografiar para acercar sus vivencia y lo que allí veía al mundo. Para remarcar, no nuestra falta de civilidad, que ahora mismo está muy evolucionada, sino en palabras de Jacques Ranciére "el sentido mismo de lo co-presencia de las personas y cosas que conforman un mundo", Jaar aprovecha esto y juega con nosotros para infundir la misma idea.

La vida de Kevin Carter quedó maldita al ser conocido y premiado por la famosa foto de la niña que aparece en el suelo con un buitre cerca de ella. Se le llegó a acusar de ser el depredador con la cámara en busca de la fama. Jaar usa y modifica el lugar de depredador haciéndonos un guiño. Él mismo se coloca en ese lugar al "fotografiarnos" con esos flashes que nos sobresaltan antes de colocarnos ante la imagen que martirizó a Carter y lo llevó a suicidarse.

Jaar elabora un concepto crítico, que va más allá del sentimentalismo, coloca al espectador en un lugar diferente. Le obliga mediante un sonido interno a una relectura del bombardeo diario que recibimos de imágenes sin sentido, que nos han anestesiado. Una idea que ya aparece planteado en uno de sus trabajos anteriores "El lamento de las imágenes" (2006) donde trata el tema de la guerra y la manipulación de imágenes por medio de los bancos de datos. Como la foto de Carter que aparece en la instalación de "The Sound of Silence", que es propiedad de su hija, pero gestionada por Corbis. Empresa perteneciente a Microsoft de Bill Gates, el mismo que hace una limpieza de cara cada vez que aparece presentándose como el protector del pobre "tercer mundo" mientras que al mismo tiempo lo destruye, como por ejemplo con la silenciada guerra en el Congo por el coltán.

Jaar reclama que esa misma empresa que maneja las imágenes del mundo es el verdadero depredador, el que las crea y las controla. Por eso los focos de Jaar apuntan a otros lugares donde ya nadie mira, como con su otra obra "Three Women", que comparte espacio con “The Sound of Silence” actualmante en la galeria Oliva Arauna. Lugares desvinculados del mundo a pesar de las miles de cámaras que nos los muestran. "Mediante pequeños servicios el artista corrige los fallos de los vínculos", dice N. Bourriaud en su libro Estética relacional, Jaar construye un nuevo espacio y piensa una nueva relación para con el mundo de las imágenes, nos traslada a un tiempo concreto donde reflexionar sobre lo común, sobre lo que no vemos ni oímos.

Una experiencia estética, de la que al salir podemos escuchar un ritmo en la cabeza que se repite una y otra vez. Una poesía dividida en segmentos por medio de un nombre kevin, kevin carter. Una melodía que intenta reunificar el vinculo social roto, ya que como dice la canción hay "gente hablando sin conversar, gente oyendo sin escuchar" (Simon and Garfunkel) y gente viendo sin mirar. Tal vez Carter no pudo soportar el sonido del silencio que gritaba dentro suyo. Jaar nos lo transmite convertido en poesía.



Lucía Frère Flesler